sábado, 10 de diciembre de 2011

Barcelona y Real Madrid: dos formas de encarar la vida


El Barcelona de Guardiola es la extracción de la sustancia más pura del fútbol, encontrada en tierras holandesas pero procesada en Cataluña. Ver jugar al equipo es presenciar la plastificación de la alegría y la metamorfosis del viento. Por otro lado, el Madrid de Mourinho es el fútbol domesticado y puesto al servicio del hombre, es agricultura, cálculo y espera. El Barcelona enamora pero el Madrid nos pone a cavilar. El hipnótico efecto cortazariano en contra de la precisión letal de Borges. La música y el matiz de los poetas simbolistas en oposición al mármol parnasiano. Odiseo enfrentándose a Aquiles.
Encarar la vida como juega el Barcelona significa no saber administrar el esfuerzo; equivale a darlo todo en cada una de nuestras actividades diarias, significa embestir la realidad permanentemente, entregarse y, sobre todo, ser congruente con uno mismo bajo cualquier circunstancia. Vivir como juega el Barcelona es integridad, serle fiel a la racionalidad de la pasión, optar por seguir principios propios, entender que, como diría el poeta costarricense, José María Zonta, “la obediencia a los demonios internos/ es también una disciplina”.
Vivir bajo los conceptos del Madrid de Mourinho, por otro lado, significa optar por la vocación del alacrán. Encarar la vida de esta forma es saberse consciente de las capacidades propias para saber cuándo, cómo y de qué forma utilizarlas en aras de ser lo más efectivo posible. Las formas importan sólo en la medida de su funcionalidad. La realidad es una pieza de mármol que hay que cincelar con orden, paciencia, técnica y sobriedad. Lo que importa es ser calculadores, verticales y directos. No fallar. Atacar con rabia cuando sea necesario. Estar alertas y concentrados para saber cuándo aguijonear, sabedores de que un sólo golpe suele ser suficiente. Jugar como el Madrid es ser prosaicos; significa escribir con rudeza y garra, sin pinceladas poéticas ni ornamentos retóricos.

La suerte estará echada y, junto con ella, el recordatorio de que existir es un asunto de fondo y forma.