sábado, 31 de octubre de 2015

Currículum vitae: ¿Para qué crecemos?

¿Qué significa hacerse adulto? ¿Qué es eso de madurar, tener un trabajo, casarse y ser feliz? ¿Para qué estudiamos? ¿Realmente nos enamoramos? ¿Por qué las quincenas determinan nuestros planes de vida? ¿Es un fracaso individual no conseguir insertarse en la sociedad? Estas son algunas de las preguntas que se quedan flotando en el espacio escénico del Centro Cultural Tapanco cuando termina la obra Currículum vitae.

De autoría de María José Pasos y dirigida por Nara Pech, la obra presenta una secuencia de cuadros donde Ulises (actor y personaje a un tiempo) reflexiona en torno a su experiencia vital a través de un monólogo que funge como una tremenda crítica a distintos ámbitos de la realidad cotidiana, social y económica. Así, las confesiones íntimas se tejen al mismo tiempo con situaciones históricas y culturales que suelen determinar (delimitar, más bien) la experiencia del individuo.

Currículum vitae transita libremente entre las fronteras del performance y el teatro tradicional. Por un lado, nos presenta un relato más o menos uniforme sobre determinadas situaciones; por otro, descentraliza el espacio escénico (la obra comienza en la calle, por ejemplo) y rompe la llamada cuarta pared con el fin de involucrar al público que participa de manera activa en la construcción del significado. En este sentido vale la pena resaltar la capacidad de improvisación de Ulises Vargas para articular de forma coherente las respuestas del público que además se integra de forma armónica a la propuesta del actor.

De esta manera, personaje y público repasan la infancia, los roles impuestos, la manera en que la economía determina muchos aspectos de nuestra vida personal, la fragilidad del cuerpo humano, las expectativas impuestas por nuestros padres, el trabajo y su tramposa cultura del esfuerzo, las relaciones amorosas, la vejez y demás aspectos de la vida de una persona; al mismo tiempo, se hace referencia a la manera en la que los acontecimientos históricos (la caída de las torres gemelas, el muro de Berlín, el atentado contra la revista Charlie Hebdo, entre otros) influyen en estas construcciones sociales.

Cabe resaltar que el monólogo de Ulises se ve enriquecido por numerosos aspectos simbólicos que alimentan el plano visual de la obra y que potencian los significados de las palabras. En este sentido es digno de resaltar el trabajo de dirección que, a través de un sinfín de detalles que van desde los movimientos del propio actor hasta el juego metafórico con algunos objetos cotidianos tales como una escalera, una pelota o unas monedas, organizan una propuesta compleja pero fácilmente digerible. Ello tomando en cuenta que Currículum vitae se inscribe en una tradición de distintas corrientes de pensamiento que analizan las sociedades contemporáneas en relación con el neoliberalismo. Detrás de bambalinas es fácil imaginarse a Byung-Chul Han, Lipovetsky, Bauman o a la socióloga marroquí Eva Illouz.

Quizá lo único que haya que reprocharle a la obra es que hacia el final, el discurso teatral se difumina y el performance termina por ganar la partida. Ulises, el actor o el personaje (ya no sé), pide a los asistentes que escriban lo que significa para ellos ser adultos, lo cual termina siendo una especie de ejercicio catártico que difumina la reflexión sobre la obra en sí. El teatro cumple con su misión al presentar la ilusión de un mundo y una manera de concebir la vida, misma que se constituye como un homenaje a la libertad del lector o del espectador. El ejercicio final sesga o acota las posibles lecturas al proponer una serie de instrucciones que restringen la interpretación y que de alguna manera contradicen la propuesta inicial. Más allá de este didactismo ramplón, sin embargo, Currículum vitae es una lúcida reflexión sobre cómo nos implantan una idea de éxito y un proyecto para hacernos adultos, mismo que terminamos por creer propio y original cuando en realidad es colectivo, impuesto y opresor.

miércoles, 9 de septiembre de 2015

Siria


Hace muchos siglos Europa convulsionaba entre las fauces de un monstruo de cien cabezas, como ahora. Los primeros momentos de nuestra era nos mostraron el rostro de una crisis generada por la incapacidad de ver la belleza natural que anida en lo diverso y en lo diferente: judíos, helenos, cristianos y un puñado de religiones mistéricas brotaban de las entrañas de un imperio que, como todos, tenía la vista puesta en un futuro ilusorio desdibujado por la ambición y no en lo que concretamente existe; sin saberlo, Roma ya comenzaba a emanar el olor de sus propias cenizas.
Los historiadores suelen ver en este período una profunda actitud espiritual en detrimento del pensamiento filosófico que apenas unos cuantos siglos antes había encontrado en Atenas su momento climático. La violencia de las conquistas, los genocidios culturales y la imposición de políticas ajenas a los lugares de origen arrojaron al hombre europeo al amparo de una esperanza forjada más allá de lo que tenía en frente, como ahora. Y al final, cuando el imperio vio que la amenaza de la caída era real, la capital fue trasladada a Bizancio mientras Occidente se fragmentaba y languidecía ante un espejo que aprendió a olvidar. Y olvidamos.
En los feudos de la Edad Media el hambre dejaba muy poco lugar para el pasado o para el futuro. Nuestras grandes conquistas culturales parecían perdidas para siempre y eso que hoy llamamos modernidad no podía caber en la imaginación de nadie. Entonces Oriente, a través de Siria —el mismo país del que hoy huyen centenares de personas que acaban como cadáveres en las playas—, nos enseñó a recordar. Fue Siria el lugar donde Oriente y Occidente se hablaron de tú como pocas veces en la historia; y fue Siria el mar donde ríos con diversas densidades y distintos flujos confluyeron para formar las aguas nutricias sin las cuales hubiese sido imposible el pensamiento y las culturas modernas. Pues fue ahí, como cuenta Pascual Casañ, donde diversos grupos de estudiosos perseguidos resguardaron lo mejor del pensamiento que había producido la Antigüedad, traduciendo el legado griego al siriaco. Tiempo después, cuando los árabes entraron en contacto con estos intelectuales, se interesaron por las obras de Aristóteles, Platón, Euclides, Ptolomeo y muchos otros, por lo que, las obras fueron traducidas del siriaco al árabe en la “Casa de la sabiduría” de Bagdad.
De esta forma, mientras Occidente pagaba las consecuencias de buscar la unidad ahí donde no puede haberla, nuestra continuidad cultural quedó bien resguardada, puesto que precisamente fueron los árabes quienes introdujeron estos saberes en España, donde fueron traducidos al latín y a las lenguas romances; el Otro nos mostraba un espejo para enseñarnos a recordar ese mismo legado que hoy la educación considera letra muerta, artículo de museo o mera información de adorno reducida hasta la caricatura en los libros de texto también cada vez más reducidos. Hasta el Trívium y el Quadrivium medievales eran más educación que lo que tenemos hoy; porque no estaban orientadas a la producción.
La historia nos muestra una más de sus macabras paradojas: Siria, antes río, confluencia, fraternidad e intercambio cultural es hoy dolor, incomprensión, muerte, pero sobre todo olvido. La terrorífica Odisea que estamos presenciando no tiene lugar para dioses que presten ayuda. Ninguna ninfa ayudó al pequeño Alayn Kurdi a respirar, ninguna hechicera buena le dio víveres para el largo trayecto, ninguna deidad se encargó de calmar la furia de las aguas: las personas que están cruzando el mar y las montañas nos hablan a través de su dolor y desamparo de una humanidad que busca inútilmente refugiarse de sí misma. El pequeño Alayn, sus tres años, su familia, no buscaban regresar a casa sino encontrar una.
Y sin embargo, los pulmones llenos de agua de todos esos niños que amanecen muertos en las costas griegas, la palidez de su piel, la tristeza de sus zapatos, adquieren un matiz más trágico y desesperanzador cuando entendemos que no, que no puede ser Ítaca, ni nada que se le aparezca, aquello que les esperaba al otro lado.

jueves, 6 de agosto de 2015

La niña y el bronce



Son cerca de las once de la noche. Conduzco a casa en medio de las sombras de una ciudad donde el alumbrado público es un fantasma triste. Sólo alcanzo a ver la inmediatez de la avenida a través del cono de luz que proyecta las luces del auto. Aminoro la velocidad para esquivar los baches y los desniveles de las calles parchadas. Me siento en otra época, en las ruinas de una ciudad silente que rumia su decadencia ante la mirada indiferente del río.

De pronto aparece a un lado del camino el letrero de una tienda de servicios. La luz del espectacular lastima también la oscuridad de las calles. Decido bajar a comprar una botella de agua, antes de abrir la puerta una niña se me acerca, no debe de tener más de nueve años. Vende barquillas. Me dice que tiene sed, que si le regalo algo. Entro en la tienda. El empleado lleva el uniforme sucio, algo en sus párpados quiere denotar tristeza, pero no es exactamente eso; pienso que podría ser cansancio pero no sólo es eso. De pronto un grupo de adolescentes irrumpe en el lugar y se dirige a las neveras; mientras unos compran cervezas otros van directamente a la caja para pedir cigarros, se ríen estrepitosamente, uno de ellos se queja ante el empleado achacándole lentitud. Pero ninguno de ellos se fija en los párpados del hombre uniformado de rojo y amarillo. Salen. Se escucha el rechinar de las llantas y un eco de música de banda se queda flotando sobre las calles.

Cuando salgo, la niña ya no está. Me subo al auto y avanzo un par de calles hasta alcanzar una glorieta tenuemente iluminada por luces rojas y verdes que apuntan a la escultura de un hombre que se encuentra en el centro. A mi izquierda aparece un espectacular de proporciones enormes donde puede verse el rostro sonriente de un político que presume resultados legislativos. Entonces recuerdo las palabras de mi padre cuando le pregunté porqué tanta publicidad sobre aquel individuo: “quiere ser gobernador”, me había dicho en la mañana.

Justo cuando me decido a continuar mi camino, unas sombras danzarinas interrumpen las luces verdes y rojas que apuntan al hombre de bronce. Doy media vuelta a la glorieta y observo a la niña que vendía barquillas dando saltos. Detrás de ella un niño corre y escala entre la piedra. Están jugando y no se dan cuenta de que sus sombras interrumpen los haces de color. Vuelvo a dar vuelta a la glorieta. Ahora la niña se ha quedado parada de frente a la escultura de bronce. Es un hombre bien vestido, trajeado; su postura transmite orgullo y decisión, mira al frente como observando un lugar que no se parece en nada al que lo circunda. La niña sigue mirándolo fijamente y luego se le cuelga del pantalón, parece hablarle. De pronto lo abraza al tiempo que su compañero le da alcance y se sienta a los pies de la escultura.

Doy una segunda vuelta a la glorieta y una tercera y una cuarta. Y ahí, atrapado en la espiral pienso en el terrible símbolo, en la horrorosa verdad de la metáfora que se me acaba de presentar: casi a media noche, dos niños que tendrían que estar durmiendo han tirado al suelo las barquillas que debían de vender y se cuelgan del frío metal indiferente que da forma a don Andrés Quintana Roo. Es la estampa que relata eso en lo que se ha convertido la vida en este lugar; es el eructo de una bahía contaminada donde dormitan manatíes ciegos; es la soledad de la madera podrida del chicozapote; la fábula de una ciudad perdida.