jueves, 6 de agosto de 2015

La niña y el bronce



Son cerca de las once de la noche. Conduzco a casa en medio de las sombras de una ciudad donde el alumbrado público es un fantasma triste. Sólo alcanzo a ver la inmediatez de la avenida a través del cono de luz que proyecta las luces del auto. Aminoro la velocidad para esquivar los baches y los desniveles de las calles parchadas. Me siento en otra época, en las ruinas de una ciudad silente que rumia su decadencia ante la mirada indiferente del río.

De pronto aparece a un lado del camino el letrero de una tienda de servicios. La luz del espectacular lastima también la oscuridad de las calles. Decido bajar a comprar una botella de agua, antes de abrir la puerta una niña se me acerca, no debe de tener más de nueve años. Vende barquillas. Me dice que tiene sed, que si le regalo algo. Entro en la tienda. El empleado lleva el uniforme sucio, algo en sus párpados quiere denotar tristeza, pero no es exactamente eso; pienso que podría ser cansancio pero no sólo es eso. De pronto un grupo de adolescentes irrumpe en el lugar y se dirige a las neveras; mientras unos compran cervezas otros van directamente a la caja para pedir cigarros, se ríen estrepitosamente, uno de ellos se queja ante el empleado achacándole lentitud. Pero ninguno de ellos se fija en los párpados del hombre uniformado de rojo y amarillo. Salen. Se escucha el rechinar de las llantas y un eco de música de banda se queda flotando sobre las calles.

Cuando salgo, la niña ya no está. Me subo al auto y avanzo un par de calles hasta alcanzar una glorieta tenuemente iluminada por luces rojas y verdes que apuntan a la escultura de un hombre que se encuentra en el centro. A mi izquierda aparece un espectacular de proporciones enormes donde puede verse el rostro sonriente de un político que presume resultados legislativos. Entonces recuerdo las palabras de mi padre cuando le pregunté porqué tanta publicidad sobre aquel individuo: “quiere ser gobernador”, me había dicho en la mañana.

Justo cuando me decido a continuar mi camino, unas sombras danzarinas interrumpen las luces verdes y rojas que apuntan al hombre de bronce. Doy media vuelta a la glorieta y observo a la niña que vendía barquillas dando saltos. Detrás de ella un niño corre y escala entre la piedra. Están jugando y no se dan cuenta de que sus sombras interrumpen los haces de color. Vuelvo a dar vuelta a la glorieta. Ahora la niña se ha quedado parada de frente a la escultura de bronce. Es un hombre bien vestido, trajeado; su postura transmite orgullo y decisión, mira al frente como observando un lugar que no se parece en nada al que lo circunda. La niña sigue mirándolo fijamente y luego se le cuelga del pantalón, parece hablarle. De pronto lo abraza al tiempo que su compañero le da alcance y se sienta a los pies de la escultura.

Doy una segunda vuelta a la glorieta y una tercera y una cuarta. Y ahí, atrapado en la espiral pienso en el terrible símbolo, en la horrorosa verdad de la metáfora que se me acaba de presentar: casi a media noche, dos niños que tendrían que estar durmiendo han tirado al suelo las barquillas que debían de vender y se cuelgan del frío metal indiferente que da forma a don Andrés Quintana Roo. Es la estampa que relata eso en lo que se ha convertido la vida en este lugar; es el eructo de una bahía contaminada donde dormitan manatíes ciegos; es la soledad de la madera podrida del chicozapote; la fábula de una ciudad perdida.