miércoles, 9 de septiembre de 2015

Siria


Hace muchos siglos Europa convulsionaba entre las fauces de un monstruo de cien cabezas, como ahora. Los primeros momentos de nuestra era nos mostraron el rostro de una crisis generada por la incapacidad de ver la belleza natural que anida en lo diverso y en lo diferente: judíos, helenos, cristianos y un puñado de religiones mistéricas brotaban de las entrañas de un imperio que, como todos, tenía la vista puesta en un futuro ilusorio desdibujado por la ambición y no en lo que concretamente existe; sin saberlo, Roma ya comenzaba a emanar el olor de sus propias cenizas.
Los historiadores suelen ver en este período una profunda actitud espiritual en detrimento del pensamiento filosófico que apenas unos cuantos siglos antes había encontrado en Atenas su momento climático. La violencia de las conquistas, los genocidios culturales y la imposición de políticas ajenas a los lugares de origen arrojaron al hombre europeo al amparo de una esperanza forjada más allá de lo que tenía en frente, como ahora. Y al final, cuando el imperio vio que la amenaza de la caída era real, la capital fue trasladada a Bizancio mientras Occidente se fragmentaba y languidecía ante un espejo que aprendió a olvidar. Y olvidamos.
En los feudos de la Edad Media el hambre dejaba muy poco lugar para el pasado o para el futuro. Nuestras grandes conquistas culturales parecían perdidas para siempre y eso que hoy llamamos modernidad no podía caber en la imaginación de nadie. Entonces Oriente, a través de Siria —el mismo país del que hoy huyen centenares de personas que acaban como cadáveres en las playas—, nos enseñó a recordar. Fue Siria el lugar donde Oriente y Occidente se hablaron de tú como pocas veces en la historia; y fue Siria el mar donde ríos con diversas densidades y distintos flujos confluyeron para formar las aguas nutricias sin las cuales hubiese sido imposible el pensamiento y las culturas modernas. Pues fue ahí, como cuenta Pascual Casañ, donde diversos grupos de estudiosos perseguidos resguardaron lo mejor del pensamiento que había producido la Antigüedad, traduciendo el legado griego al siriaco. Tiempo después, cuando los árabes entraron en contacto con estos intelectuales, se interesaron por las obras de Aristóteles, Platón, Euclides, Ptolomeo y muchos otros, por lo que, las obras fueron traducidas del siriaco al árabe en la “Casa de la sabiduría” de Bagdad.
De esta forma, mientras Occidente pagaba las consecuencias de buscar la unidad ahí donde no puede haberla, nuestra continuidad cultural quedó bien resguardada, puesto que precisamente fueron los árabes quienes introdujeron estos saberes en España, donde fueron traducidos al latín y a las lenguas romances; el Otro nos mostraba un espejo para enseñarnos a recordar ese mismo legado que hoy la educación considera letra muerta, artículo de museo o mera información de adorno reducida hasta la caricatura en los libros de texto también cada vez más reducidos. Hasta el Trívium y el Quadrivium medievales eran más educación que lo que tenemos hoy; porque no estaban orientadas a la producción.
La historia nos muestra una más de sus macabras paradojas: Siria, antes río, confluencia, fraternidad e intercambio cultural es hoy dolor, incomprensión, muerte, pero sobre todo olvido. La terrorífica Odisea que estamos presenciando no tiene lugar para dioses que presten ayuda. Ninguna ninfa ayudó al pequeño Alayn Kurdi a respirar, ninguna hechicera buena le dio víveres para el largo trayecto, ninguna deidad se encargó de calmar la furia de las aguas: las personas que están cruzando el mar y las montañas nos hablan a través de su dolor y desamparo de una humanidad que busca inútilmente refugiarse de sí misma. El pequeño Alayn, sus tres años, su familia, no buscaban regresar a casa sino encontrar una.
Y sin embargo, los pulmones llenos de agua de todos esos niños que amanecen muertos en las costas griegas, la palidez de su piel, la tristeza de sus zapatos, adquieren un matiz más trágico y desesperanzador cuando entendemos que no, que no puede ser Ítaca, ni nada que se le aparezca, aquello que les esperaba al otro lado.