Narrativa

El pezón de la pera**


Esta gente tiene tanta confianza en nosotros que ya no hacen falta los milagros…
Francisco de Bologna



I

El Almirante zarpó de la costa andaluz el 3 Agosto de 1492, pero ni el año ni el mes podrían evocar algo más en la conciencia del tiempo; el espacio —mojado de azul— se bifurcó en una inmensidad de vertientes amarradas a un destino que se destilaba en la inseguridad de Cristóbal, en los infortunios presagiados por sus tripulantes y en la naciente redondez de una teoría convertida en brújula.

En la mente de Colón —y en sus diarios— estaba la intención de encontrar oro, medio que serviría para la conquista de Jerusalén; habría que recuperar la Tierra Santa. Sin embargo, nadie de la tripulación sabía, ni tenía porque saber, las intenciones del Almirante. A su debido tiempo, en Castilla se enterarían de la hazaña áurea, estarían orgullosos de las nuevas cruzadas, y todo gracias al hallazgo de Las Indias.

Llevaban ya muchas semanas de viaje. Colón leía el Imago Mundi de Pedro Ailly en su camarote, cuando se levantó de golpe: había caído en la cuenta de que no se dirigía a Las Indias. Y es que el calor ya lo había puesto sobre aviso; algunas gaviotas aparecían en el cielo, insinuando entre cantos que por fin se acercaban a tierra firme. Entonces el Almirante comenzó a orar, dio gracias a Dios, imaginó Jerusalén. Ailly señalaba en su libro que el paraíso terrenal se encontraba en una región templada, muy cerca del Ecuador. Colón se guardó para sí lo que sería el descubrimiento más grande en toda la historia de la humanidad; sería él quien se viera cara a cara con Dios, “si Vuestra Alteza lo permitiese”.

II

Le traje como ofrenda una pera y él me miró asustado, la guardó y ordenó que me llevasen a la nave. Solamente le dijo a uno de sus hombres el lugar específico donde me quedaría: su camarote. En la noche me preguntó por qué le había ofrecido una pera y no alguna otra cosa. Yo le contesté que entregué lo que él ambicionaba. Nadie más supo que yo era la única que entendía lo que decían esos hombres que habían venido de lejos.


III

Colón soñó entonces que su carabela no era una nave común, sino el vehículo más célebre de todos los tiempos, por lo tanto, su vela no podía llevarle al paraíso terrenal; tendría que ser un ala, un ala de plumas de colores mágicos (como la de aquellas aves exóticas que aparecían, según atravesaban pequeñas islas) y no la simple vela de un barco hecha de hilos inservibles. Ese día, el Almirante subió a cubierta y ordenó a la tripulación que a partir de aquel momento, todos nombrasen alas a las velas. Las caras de confusión duraron muy poco tiempo, Rodrigo de Triana había gritado ¡Tierra!

IV

Creo que llamé su atención porque no me encontraba en grupo como los otros indios. Yo bajaba de la montaña y fui apresada. No se cansaron de preguntarme por qué no andaba con los demás, por qué mi aspecto era diferente. Sólo el Almirante sabe que yo entiendo todo y ha guardado el secreto.

Me ha preguntado muchas veces que si soy cristiana, que si sé del paraíso. Me ha contado de su mundo, pero yo ya sé de él, aunque no se lo digo. Dice que su nave le ha traído al lugar más sagrado del universo, que buscaba encontrarse con el Gran Khan, pero ahora ambiciona un encuentro más grande. Un ala le ha traído, no sus velas. Quiere que hable con él pero la mayoría del tiempo estoy callada.

Él y yo sabíamos que alguien iba a robarse la luna.

V

“Fallé que el mundo no era redondo en la forma que escriben, salvo que es de la forma de una pera que sea toda muy redonda, salvo allí donde tiene el pezón, que allí tiene más alto, o como quien tiene una pelota muy redonda y en un lugar della fuese como una teta de muger allí puesta…” pensaba Colón. Había bordeado una buena parte de la costa descubierta, y ahora estaban (al parecer) en tierra firme. En el bolsillo llevaba el Imago mundi, y por eso Colón imaginaba irregularidades en la tierra: “esta parte deste pezón sea la más alta e más propinca al Cielo. Creo que allí es el paraíso terrenal”.

Interrumpió sus pensamientos Rodrigo de Triana para decirle que habían encontrado gente, Colón siguió los pasos de su tripulante, pensando que acaso detrás de aquellas montañas que se vislumbraban, se encontraba Dios.

VI

El ala siempre espera, pero la pera…

VII

Los habitantes del lugar, ya no querían llevarles ofrendas a cambio de nada y la comida comenzaba a escasear entre los españoles. Los tripulantes perdían la paciencia. Colón, apoyado en su ciencia de las estrellas— la misma que lo había traído hasta los confines más lejanos de la ¿tierra?— les juró a los indios que se robaría la luna si dejaban de alimentarlos. Para ese momento, el Almirante estaba desmitificado, era un hombre cubierto de lámina. Pero al término de aquel día todo cambió.

Fue una noche de febrero. Colón sabía que era el único día en que la luna se prestaría para ser robada; no lo pensó dos veces, y en un pacto astral, único en la historia del mundo, la luna ensombreció enojada (las estrellas cuchicheaban y reían a escondidas): el conejo saltó hasta la tierra, se paró delante de los indios y los hizo enmudecer.

VIII

El Almirante dijo hoy después de estar en el camarote, que mi seno izquierdo es una pera incomestible. Dijo que no importa ceder a una tentación ya que por tratarse de mí, su alma tiene cura todavía.

No ha descubierto nada.

El Almirante quiso que me fuera con él, dijo que afuera del paraíso seríamos más felices, que la pera fuera de su huerto es más fructífera. Dijo muchas cosas y yo me negué a todas ellas. Su vela no podía esperar (“¡Aquesta es ala!, sirena Eva”). Él mordisqueó hasta la sangre mi seno izquierdo, pero no me aperreó.


IX y X


El ala se desplegó desde el centro de la carabela presumiendo su plumaje exótico; la tripulación, lista para zarpar, esperaba solamente el regreso del Almirante Cristóbal Colón, quien había subido al pezón de la pera tres días atrás. Colón había dejado instrucciones para que a los tres días de su partida, el ala sea elevada para regresar. Nadie supo a dónde iba el Almirante, nadie tuvo valor para preguntar. Eran las tres de la tarde, y la mujer estaba encerrada bajo llave en el camarote de Colón.

A mí me gusta la luna lejos, porque la cercanía es un engendro de raíces en el aire ¿Qué tan cerca o qué tan lejos? Me alegra que me tiemblen las piernas, me alegra que no sean ellas las que me lleven de aquí. Ya casi no me duele el seno izquierdo, pero él pronto regresará. Al principio, ellos tenían mucho miedo de venir porque pensaban que se iban a caer, ahora todos cantan y saltan de contentos: ellos regresan y yo voy.

Colón volvió a la carabela, la tripulación le saludó afectuosamente pero el Almirante estaba atónito, sudoroso y como quien no cabe dentro de sí mismo. Había entrado en el paraíso, ¿había hablado con Dios? y había salido de nuevo. Sólo le habían visto esa expresión cuando zarparon del Puerto de Palos.

Se puso como loco, comenzó a gritarles a todos, se acercó a mí y besó mis manos desesperadamente. Dijo que no podíamos zarpar, que había hablado con Dios, que la tierra es plana para algunos y sobre todo de regreso, cosas así. La tripulación explotó en una carcajada colectiva, se acercaron todos a palmearlo y regresaron a sus puestos para zarpar. Nadie le hizo caso y ante los gritos desesperados del Almirante, la carabela se hizo a la mar.

Colón ordenó que soltasen a la mujer, nadie entendió bien por qué, pues todos sabían que era ya mujer del Almirante. Muchos pensaron que a Colón comenzaba a afectarle el calor, pues mientras partían, el desesperado navegante intentaba tirarse de la cubierta, luchando contra las manos que trataban de impedirlo. Era una cosa natural, se le pasaría apenas regresara a Castilla. La carabela se perdió en el horizonte.

No sé si logró regresar a su lado del mundo o si se cayeron todos como él decía, nadie de nosotros supo jamás qué pasó con aquellos hombres enlaminados. No volvimos a verlos.

Aquí, de este lado, el tiempo tomó su papel evocador en la conciencia y casi todos olvidamos los sucesos de aquellos años. Yo, a veces subo a las montañas para lavar la herida cicatrizada de mi seno izquierdo.

Después de la partida de los barbados, la tierra comenzó a abundar en piñas.



**Texto tomado del libro A la espera (Ayuntamiento de Mérida, Yucatán, México 2008)








Catador**


¿Qué punto de comparación tenés para creer que nos ha ido bien? ¿Por qué hemos tenido que inventar el Edén, vivir sumidos en la nostalgia del paraíso perdido, fabricar utopías, proponernos un futuro? Si una lombriz pudiera pensar, pensaría que no le ha ido tan mal.

Julio Cortázar



Hoy, la fuerza de empuje del agua ha sobrepasado los límites supuestos por cientos de años, desde Arquímedes.

A partir de hoy, ya ningún ser humano ni cosa alguna podrá nadar; sea en piscina, río o en mar abierto. Todo cuerpo que intente hacerlo y se coloque sobre las aguas, se elevará hasta alturas aún insospechables. Nadar, volar.

Amor mío, ayer caminaba por el boulevard, cerca de la fuente del manatí pensando en lo que platicamos y tratando de acabar de una vez por todas con todo esto, cuando una lancha se cayó al cielo y se me perdió entre las nubes. Sé que es difícil de creer, imaginarás mi cara, seguro que la imaginarás. Pero no sólo fue eso, un montón de peces se elevaban también; goteaban del mar al cielo. Yo no sé qué es lo que le ha pasado a la bahía, pero parece que alguien ha volteado el mundo o algo por el estilo.
Además ocurrió algo terrible amor, un barco también se fue hacia arriba, con todo y los pescadores; la gente de acá pensó que se repetía el milagro de Cristo, y hasta algunas señoras se tiraron al piso a rezar, otras se metieron al agua y también se fueron volando. Nadie sabe qué hacer, nadie sabe qué es lo que pasa. En la televisión no dicen nada y los políticos parecen ignorar el fenómeno; es como si la vida siguiera así nada más, como si siempre hubiese sido extraordinaria. Si tan sólo pudiera cruzar…

Hoy, las costas de Áfricas se encuentran sobrepobladas a causa de las migraciones que han hecho los del centro del continente para tratar de pescar en el aire. Se han construido lanzas muy largas (las redes no funcionaron en una primera instancia) con las que se busca pescar lo más posible antes de que la vida marina desaparezca por completo. Se habla de que ciertos tiburones se han fosilizado en la luna (a causa de la velocidad con la que impactan), pero no se asegura nada. La fuerza de gravedad ha sido ampliamente superada por la fuerza de empuje del agua: el último argumento científico publicado hace algunas horas.

¿Sabes?, a veces siento que puedo specializar el tiempo, siento que puedo ver y tocar los meses del año; el segundo semestre del año siempre está más a la izquierda y por eso me gusta más Febrero, por las cosas que puedo hacer con la mano izquierda. Pero Octubre amor, Octubre es lluvia y está a la derecha ¿Cómo cruzo de Octubre a Febrero?

Han quebrado las industrias pesqueras, escasea el aceite. Un avión se fue del mundo, nadie sabe qué ha sido de los pasajeros. Los arrecifes vuelan como montañas sedientas. Hasta se han descubierto nuevos animales pero se van tan rápido que no se puede estudiarlos; dicen que quedaban animales prehistóricos en zonas abisales, quedaban…

Es una noche amarillenta, me gusta ver el desfile; es como si los peces se canonizaran. Febrero se alejó más y yo no pude cerrar los ojos. Quisiera que no tuviera importancia el hecho de ser yo el que cruce o seas tú, pero los dos sabemos que no es así. Todo cambió después de que el relámpago me sorprendió al pie de tus tobillos desvelando las pestañas en vez de las caricias. A partir de aquello, me veo ridículo al caminar por las calles. A partir de aquello me gusta saltar sobre las sombras de los que vienen caminando frente a mí, y la gente se me queda viendo; pero todas esas sombras amor…

Un hombre rico se ha hecho más rico; logró rescatar tesoros que se elevaban del Mar Mediterráneo. Entre vestigios egipcios, extrañamente, encontraron un calendario azteca; al parecer los americanos llegaron primero a Europa y ahora la gente exige derecho de conquista, lástima que no hay manera de cruzar a recoger lo que nos pertenece. El hombre rico se ha quedado con todo, nadie sabe que más han encontrado y qué se ha podido rescatar. El cielo se ha disecado de arena y todo se vuelve de noche.

Me cuestan tanto las conversaciones, siempre lo supiste y lo ignoraste; aquello de fingir que soy sin estar. Pero nada de eso importó a tu reproche: que jamás te escribí un poema ¿Cómo hacerlo, si aún no consigo engañarte de ti misma? Cómo hacerte entender que todos vivimos con fantasmas, y el que no los tiene, es porque ya está muerto.

Estoy sentado al borde de lo que era la bahía, creo que se ve mejor así. No sé de qué manera un bagre se ha escapado de lo que se va al cielo; aún está revoloteándose de muerte. Lo tomo de la cola y lo acaricio con mi lengua para que se me queden los espinos. ¿Para qué cruzar entonces cuando sería mejor estamparse como conejo en la luna? El veneno ha comenzado a hacer efecto, no siento la boca, ni el mundo, ni a ti. El bagre ya no se mueve a pesar de que su sabor no era de muerte. Muerte, causa perdida. Causa y efecto, todo es causa y efecto…Y yo, aún no tengo la más remota idea de cómo inventar mis causas.

Ya no hay nada que se pueda ir al cielo, todo se ha ido.


**Texto tomado del libro A la espera (Ayuntamiento de Mérida, Yucatán, México 2008)