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No hay anzuelo para estos peces

En la literatura moderna el lector es el principal personaje
Milán Kundera

Preocupa ver cómo muchos sectores de la masa de estudiantes de preparatoria se muestran reacios ante la lectura. No digamos ya al goce de la experiencia estética (que ese, de plano, parece estar muy lejos de cautivarlos) sino a nivel de comprensión elemental.
Platicando con otros profesores que imparten materias como Lectura y Redacción, Literatura o Historia en distintas preparatorias de la ciudad, nos hemos dado cuenta de lo difícil que es inculcar a los estudiantes el hábito de leer.
No es ninguna novedad hacer notar que el problema tiene que ver directamente con la formación escolar en los niveles básicos. Uno puede comprobarlo cuando, a nivel de bachillerato, se les pone a leer y algunos estudiantes no logran comprender ni siquiera a un nivel superficial. A otros, el objeto libro se les presenta como un bicho raro, estigmatizado, ¡carente de sentido!
Recuerdo la frase de un estudiante cuando, consternado, se me acercó para decirme con sinceridad “maestro, es que yo nunca he leído un libro ¿me puede marcar otro tipo de tarea?”. O bien “¿Por qué tenemos que leer un libro entero cuando podemos ver de qué trata en los resúmenes de internet?”.
El asunto es preocupante. ¿Cómo despertar el interés en la lectura, en la literatura, si muchos alumnos llegan a la preparatoria con la sensibilidad entumida? ¿Cómo hacer para mostrarles el nivel de sugerencia, la profundidad y los niveles connotativos de los textos cuando ni siquiera logran comprender a un nivel gramatical? Y los que tienen una mejor comprensión lectora, no muestran interés alguno; ningún poema o cuento es capaz de conmoverlos o de sacudir sus tapetes bien anclados al piso de la indiferencia.
Estos que no tienen problema para comprender los textos, en muchas ocasiones, son estudiantes que tienen buenos hábitos de estudio; sacan buenas notas en Lectura y Redacción o literatura, como en matemáticas o química. Es decir, son buenos estudiantes en general, leen, comprenden pero hasta ahí; fuera de lo marcado en clase, sería imposible que leyesen algo por su cuenta.
Muchos estudiantes llegan a la preparatoria y parecen piedras que caminan. Son duros. Impenetrables. No tienen una actitud abierta para conocer otras realidades; la suya les basta y les sobra. ¿Qué hacer ante este panorama? ¿Qué tipo de anzuelo debemos fabricar para atrapar estos peces que, sumergidos en zonas abisales, bien acomodados allá, no reconocen nada que no tenga que ver con sí mismos?
Si como afirman los teórico, la lectura es un acto en donde dialogan el texto con las experiencias del lector (con la “enciclopedia personal” que mencionara Umberto Eco), ¿qué sucede con algunos estudiantes que no logran entablar el diálogo? ¿Qué es lo que está roto?
Y para colmo de males, el nuevo sistema llamado “Competencias”, promovido por la Reforma Integral de la Educación Media Superior (RIEMS) aprobada el año pasado, centra sus principios en el pragmatismo, minimizando en los andares educativos, la reflexión y la capacidad para hacer abstracción. Todo lo que no sea práctico-utilitario pasa a segundo o hasta tercer término. Lo que cuenta aquí no es que alumno piense sino que haga, realice y resuelva.
Tal y como señalaba Jorge Cortés en su artículo “El cinismo de la publicidad”, publicado en este espacio y en el cual comparaba los mensajes contenidos en un envase de un yogur con lo que está ocurriendo con cierta planeación educativa.
“Hay universidades que están creando técnicos para lanzarlos en plena carrera al campo laboral, procurando una aparente conveniencia para el estudiante, pero en realidad condenándolo a ser un triste aprendiz que quizá tendrá trabajo seguro pero pobres posibilidades de escalar puestos mejores y de ampliar su calidad de vida”.
Se trata de automatizar al estudiante, mecanizar sus procesos de aprendizaje con el fin de que sepan “aplicar” el conocimiento a problemas “concretos” de la vida diaria, bajo la justificación de que eso es lo que necesita el país en estos momentos.
Pues sí, bajo el presente sistema, claro que se necesitan obreros, y se necesitan más obreros que no piensen más que en asuntos prácticos e inmediatos; autómatas resolutos que rindan veneración a la producción de calcetines en serie.
Y mientras este contexto (algunas posturas educativas, la publicidad y los medios masivos de comunicación) nos va devorando sin concesiones, vigorizar el espíritu, formarse una conciencia crítica parecen no ser prioridad hoy en día para muchos estudiantes. Ni hablar.


Blackberry: Parpadeos que duran más de un segundo


Construir una realidad a través de la virtualidad no parece ser ya un asunto que asuste a nadie en estos tiempos. Una extensión de nuestro ser se prolonga hacia ese espacio donde se ha fraguado una convivencia permisible a través de una red, pero restringida por una pantalla. Es innegable entonces que en el facebook construimos identidades personales y colectivas (no sé hasta qué punto puede decirse que corresponden a la realidad fuera de la virtualidad) que arrancan un pedazo de la vida para incrustarlo en ese punto de encuentro.

Desde hace algún tiempo que la vida virtual se instaló en la cotidianeidad. Es común para una gran mayoría de personas, “convivir”, chatear y ver información de los otros en Facebook. Inclusive ahora vemos con mayor frecuencia dejar un mensaje en el muro que enviar un correo electrónico, lo cual nos dice que algo está pasando con nuestra intimidad. No importa ya que muchas de las cosas que escribimos a nuestros amigos o conocidos sea leído por otras personas, quienes incluso hacen comentarios al respecto, a pesar de no tener nada que ver con el asunto a tratar.

Hasta ahí todo parece entrar en las nuevas dinámicas de interacción social. Sin embargo la telefonía celular le ha dado un nuevo giro al asunto al proveer el servicio de internet; ya no somos nosotros quienes visitamos el espacio virtual al llegar a casa por la noche, sino es el espacio virtual el que se nos entierra en la realidad a cada momento del día. Por todos lados vemos los teléfonos “blackberry” cuyo servicio con internet puede contratarse pagando 500 pesos al mes, tarifa similar o menor a la que muchas familias pagan por el servicio de telefonía común. La diferencia es una pantallita que permite el acceso a otro mundo.



“Sólo estoy checando algo, maestro, es un parpadeo nada más, no estoy dejando de escuchar”, fue la respuesta que me profirió un estudiante de preparatoria cuando reclamé su atención durante una clase. Lo cierto es que esos parpadeos se ven ya por todos lados: en el aula, en la calle, en el auto (aún cuando la persona está conduciendo), en juntas, en salas de espera, en medio de una conversación o de una reunión con la familia o los amigos. No trato de satanizar estas nuevas dinámicas sociales, ni manifiesto mi oposición ante el papel que juegan las nuevas tecnologías en nuestro tiempo, puesto que, por otro lado, hay mucha utilidad en ellas. Entiendo que estos procesos trascienden nuestra individualidad para constituirse como cambios que escapan a nuestras manos. Sin embargo, sí hay aspectos que tienen que ver directamente con nuestra forma de actuar. Cuánto tiempo abandonamos esta realidad para “checar algo”, leer un PIN o un mensaje en el muro de facebook, cuántas veces al día parpadeamos para llenar ese cuadrito titulado “¿En qué estás pensando?”. Por qué una persona escribe en un espacio público cosas que aparentemente son íntimas, por qué un hombre declara a una mujer cuánto la quiere en una ventana donde todo mundo mira, qué nos está diciendo el hecho de que una persona manifieste su dolor por la muerte de un ser querido en ese recuadro blanco. ¿A dónde se está yendo el tiempo que matamos entre parpadeo y parpadeo?

O la vida se está trasladando a un espacio cuyo sentido aún no logramos comprender del todo, o bien, la virtualidad está dando muestras de que respira, tiene ojos y pulmones.

No sé hasta qué punto sea bueno que se levante y comience a caminar.





México Ifigenia



Y eligió vestirse de gloria. Contra todo y contra todos tenía que ir a ganar su guerra, sin importar el costo. Más allá de la heroicidad que desde luego buscaba, estaba el anhelo personal, la necesidad imperiosa de saciar su “hybris”, término con el que los griegos designaban la soberbia. Decidió entonces que el sacrificio valía la pena, que el derramamiento de sangre era necesario, que la mentira justificaba el fin último, el más grande y noble los fines. A estas alturas del párrafo ya no sé si estoy hablando del rey de Micenas, Agamenón, o de Felipe Calderón.
No logro ya diferenciarlos. Ambos se me confunden entre las líneas, forcejean sobre la hoja en blanco, resbalan, ruedan hasta el final de la hoja. Uno de los dos quiere sobrevivir, quiere quedarse. Pero de pronto han dejado de pelear, están escalando hasta aquí arriba. Intuyo el acuerdo, no tienen por qué ser enemigos; la historia de uno es también la del otro. El verdugo también es el mismo. Por eso a don Felipe no le importa que yo prefiera relatar la tragedia de Agamenón, total, hablaré de lo mismo.
Y decidió vestirse de gloria cuando Artemisa planteó la disyuntiva de su vida. Los aqueos no podían continuar su viaje hacia Troya pues una tormenta enviada por la diosa mencionada les impedía el paso. La propia Artemisa, quien no quería que los aqueos llegasen a la ciudad de Príamo, propuso al rey de Micenas que si quería llegar a Troya para conquistarla, tenía que sacrificar a su hija Ifigenia.
Agamenón mandó a por su hija, haciéndole creer a Clitemnestra (su esposa) que él había logrado casar a la joven con el gran Aquiles. Así, bajo el engaño de una futura boda que jamás existiría, Ifigenia llega hasta donde su padre y es sacrificada, como bien nos cuenta Esquilo. El resto de la historia es conocida: gracias al sacrificio que hizo Agamenón, los aqueos dejaron Troya hecha cenizas. El sacrificio, la sangre, el dolor fueron los móviles… la justificación. Agamenón tuvo su guerra, Calderón también.

Justo en el momento preciso en el que escribo esto, ambos personajes comienzan a pelearse de nueva cuenta, arrugan la hoja con sus golpes. ¿La razón? Agamenón se convirtió en gloria épica, Calderón en lodo. La historia del rey fue contada por un brillante dramaturgo, la de Calderón la tratan de justificar comerciales estúpidos e insultantes como en el que se plasma la llegada de unos soldados a una comunidad campesina. La gente deja sus labores para aplaudirles a los miembros del ejército quienes son dibujados como grandes héroes que abrazan a los hijos de los campesinos. El comercial termina con un “gracias” al cual no puedo ponerle adjetivo.


Así las cosas con nuestra tragedia griega. Así las cosas con nuestro México Ifigenia. Así las cosas en nuestro teatro cotidiano en el que, a diferencia del antiguo teatro griego, nuestro “Deus ex machina” está atrofiado porque alguien cortó el alambre de la polea que además está oxidada por la aridez de estas tierras desoladas. En nuestra tragedia ninguna fuerza mágica intervendrá. No hay lugar para dioses benévolos.
Cuando Agamenón estaba a punto de matar a su hija Ifigenia, Artemisa impidió que la hiriera y la transportó a su lado. Pero en nuestra versión, la que vivimos todos los días, en la tragedia de este país y sus “héroes”, Ifigenia no solamente sangra, sino que agoniza lentamente entre el sufrimiento y el llanto. Asfixiándose en su propia sangre, México Ifigenia no grita ni piensa en la muerte porque solamente le queda el dolor.